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  • Opinión
    18 de Octubre de 2019 - 19:43

    Encadenados hasta el final, por Andrew Aren

    Una mezcla de soberbia, ego y chulería caldeaban el interior del DeLorean amarillo. Fabricado en 2003 a nombre de un magistrado sin repercusión, el sabor fuerte y ácido del pecado había ocasionado un claro deterioro del automóvil. Ahí dentro la ternura no existía, tampoco el trino de un pájaro canario. Las palabras no eran palabras y menos con las ventanillas abiertas. Sí llegaron miradas amistosas ciertamente íntimas. Algo así como vendedores de humo en busca de su ausente y añorada dignidad.

    Fue en octubre de 2019 cuando el vigente dueño del vehículo decidió sobrepasar todos los límites de velocidad. Del presente al pasado, y no del presente al futuro, pisó el acelerador en busca del precipicio más cercano al Palacio Real. “Pagan ellos”, dijo el conductor. “Ellos no tienen la culpa”, asintió la conciencia histórica. Desde ese instante, las tardes de gloria, no al ritmo de Luis Quintana y sí de un funeral, perdieron cualquier tonalidad y seña canaria. Esperanzas reflejadas en pancartas, pensamientos fijados en tweets, ánimos frustrados y vetados de golpe. Nada tenía que ver con la matrícula del DeLorean. Quizás el mundo vivía su última noche, quizás la luna de Pandora dejaba de brillar. Daba exactamente igual. La mentalidad de almacenista de coloniales aseguraba seguir a lo suyo, seguir con los suyos.

    Germán Dévora, comido por los locos megáfonos y por los chistes ausentes de carisma, pudo haber confirmado la existencia de la arrogancia mal vestida en más arrogancia. Pudo porque prefirió asumir el rol de “encadenado hasta el final”. Un histórico del fútbol canario delante de la versión en carne y hueso de Norman Bates. ¿Tan mal iba de tiempo? No valía la pena, y así lo demostró. Su casa ya no era esa humilde morada donde Johan Cruyff, Diego Armando Maradona, Ronaldo Nazário o Zinedine Zidane bailaron la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven. Ahora era un pozo sin agua, sin sentimientos, con reglas dictatoriales, con cadenas bañadas en oro. Enmascarados ansiosos por dibujar, hasta el final de los tiempos, una marca permanente. Se hacían llamar la Unión Deportiva Las Palmas.

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